El 26 de Septiembre de 2008, Viernes, nos levantamos sobre las 7:30 de la mañana, era ya de día y llovía a más no poder. El RIAD era precioso, las habitaciones en la planta alta circundando un patio interior, una en cada cara del patio. Tras la puerta de madera al más puro estilo marroquí de gama alta, aparecía el patio interior, el agua de lluvia chorreaba de las telas que tenían colgadas de la terraza para aplacar el sol del verano, el agua caía sobre la palmera y las plantas que formaban la decoración central del patio.
El desayuno lo servían en la terraza donde por suerte tenían un espacio cubierto que nos resguardaba de la lluvia, la cual parecía que disminuía su intensidad un poco. El desayuno impresionante. Té a la menta, mantequilla, mermelada, zumo de naranja, una especie de tostadas típicas de allí, pan… de todo, todo buenísimo, y además, rodeados por los olores, acentuados por la lluvia, de las plantas de la terraza. Una maravilla.
Al terminar el desayuno ya no llovía así que salimos con el coche dirección las cascadas de Ousouz. Encontrar la dirección correcta no era fácil, ya que la señalización escasea. Cada cruce y cada rotonda un pequeño infierno. Cuándo llegas un cruce de una carretera de un solo carril, te encuentras en una línea de cuatro coches en paralelo y el primero que mete el morro es el que pasa, parece mentira que no haya más accidentes, aunque haberlos haylos.
Después de un par de horas conduciendo bajo la lluvia llegamos a Ousouz. Al llegar había vuelto la calma y ya no llovía. Casi no había turistas porque entre que el día había amenazado malo y que era Ramadán éramos de los poquitos que se habían atrevido a ir. Esta fue, a posteriori, la tónica de todo el viaje, como comprobaríamos después, y tuvo su parte buena y su parte mala, ya que allá a donde fuéramos éramos prácticamente los únicos huéspedes y teníamos todas las atenciones, pero por otra, todos los buscavidas timadores y demás andaban todo el día detrás nuestro dando el coñazo. Y Ousouz no fue una excepción, nada más bajar del coche teníamos una horda de guías en paro esperando al turista despistado para ofrecerle gentilmente o no tan gentilmente sus servicios. Tal fue el agobio aquí rechazando los servicios de todos ellos (amigo yo guía, yo enseño macacos, yo enseño cascada, amigo, amigo, amigo,…) que decidimos rechazar también los que pudieran venir en el resto del viaje e ir buscándonos la vida nosotros mismos.
Finalmente emprendimos el descenso a la cascada por nuestra cuenta. Muchos de los puestos estaban cerrados, así que, el descenso sí que fue mucho más tranquilo. Las cascadas son impresionantes, el mirador que se encuentra justo sobre ellas también, un salto de agua de no se cuantos metros, un montón. El agua cae en una especie de poza y de ahí otro salto, precioso, de las cascadas mas bonitas que haya visto nunca, y como no, a mitad de descenso, empezó, no a llover, sino a diluviar, a mala leche… Menos mal que Nerea está en todo y había llevado un paraguas al viaje… que suerte! Y yo que había pensado, ¿para que querremos un paraguas en el desierto? Menos mal!
Aguantamos lo que pudimos bajo aquella manta de agua hasta que al final nos dimos media vuelta para irnos, y allí arriba, al principio prácticamente del camino… los vimos. Estaban allí... un montón de macacos. Con y sin crías a la espalda saltando de las rocas a los árboles y de rama en rama… Están en el camino. No es necesario un guía.
Nuestro planning iba sobre ruedas, pasado por agua pero sobre ruedas. Salimos de Ousouz sobre la una del medio día, camino a Demnate y a la R307 para llegar al alto atlas y dormir en Ifoulou. Un pueblo perdido en mitad del atlas que cuenta únicamente con una Gite d'Etape. Un pueblo sin apenas turismo, auténtico, al que van de pasada únicamente las personas que quieren hacer trekking y llegar hasta Megdaz. Nosotros lo descubrimos gracias a la ONG Acción Geoda que intenta levantar la economía del valle.
Si no recuerdo mal, pasamos por Demnate sobre las 14:30 y comenzamos la R307 un poco despistados porque el mapa de la PDA no lo teníamos del todo bien calibrado y no sabíamos si íbamos en la dirección correcta. Como la carretera estaba asfaltada supusimos que íbamos bien. Todo iba sobre el planning, a las 7:30 llegaríamos a dormir a Ifoulou.
El Alto Atlas es fantástico, pueblos de roca en las laderas más escarpadas. Las nubes ocultando los picos mas altos. Rayos de sol filtrándose entre ellas para iluminar valles imposibles,… merece la pena la paliza. Al cabo de dos horas, conduciendo a 30 km/h, en algunas de las curvas, descendiendo uno de los puertos de montaña, empezamos a ver desprendimientos… estos se iban intensificando paulatinamente… ora un poco de gravilla, ora un peacho de chusco en mitad de la carretera, y la cosa cada vez de ponía un poco peor en la siguiente curva… empezamos a ir todavía mas despacio y a empezar a sudar en cada curva. Dieron las 6 y media y todavía nos quedaba un gran trecho para llegar… empezaba a anochecer… y todo aquello no tenía pinta de mejorar.
Como si de un cuento se tratase, solo sabíamos que nuestro destino estaba allí donde se cruzaba el camino con el río… a donde llegamos en la más oscura de las noches, sobre las 8 más o menos. En este punto sabíamos que teníamos que seguir un camino de arena, pasar un pueblo y un mercado y veríamos el cartel de la Gite, pero, el camino estaba también derrumbado. Acercamos el coche al camino para alumbrarlos con los faros y salimos a verlo. Eran todo rocas y chuscos y no se veía ni a un palmo de distancia… Dos personas aparecieron de la nada, de la mitad de la oscuridad! Qué susto! Nos ofrecían dormir no se donde… pero de dónde carajo habían salido?? Nos dijeron que no fuéramos a Ifoulou porque el camino estaba muy mal, y más con y un Dacia Logan sin tracción total.
8:30 de la noche, en mitad del Alto Atlas, con desprendimientos y sin poder llegar a nuestro destino… Las cosas empezaban a torcerse… ¿Qué hacemos? Nos preguntábamos. Al final decidimos terminar de cruzar el alto Atlas hasta El Kelaa M'Gouna. Ya llegaríamos, antes o después. Sin prisa. Nos dio muchisima pena... tenímamos unas ganas locas de conocer el pueblo y a su gente... autentico, para lo bueno y para la malo... pero no podía ser... pero seguimos nuestro camino. Un poco tristes, la verdad.
Así que, seguimos nuestro camino. Como intuíamos y confirmamos más adelante, en esa zona, la semana anterior, había habido lluvias torrenciales y se lo habían llevado todo por delante. El camino estaba cada vez peor. La carretera estaba totalmente destrozada, derrumbamientos, ríos cruzando por encima de la carretera, en muchas ocasiones el agua se había llevado carriles completos de carretera.... en otras la carretera directamente no existía y había que cruzar el socavón por la ladera del monte. Un infierno. De todo, creo que el peor momento fue el que había que atravesar el río que pasaba sobre la carretera. Qué miedo! Y si nos hubiese arrastrado la corriente? No lo quiero ni pensar.
A eso de las 11:30 de la noche terminamos de cruzar el alto atlas y llegamos a unas carreteras largas y rectas, lo habíamos conseguido, habíamos llegado, al final, sanos y salvos, y ni siquiera habíamos pinchado al pasar sobre todas esas rocas de puntas como cuchillos. De verdad que por momentos temimos por nuestra seguridad en aquellas serpenteantes curvas llenas de peligros.
Encontramos refugio en las acogedoras habitaciones de la Kabbah de la familia Ben Moro. Una Kabbah preciosa a lado de la carretera, perfectamente restaurada con unas habitaciones impecables. Creo que nos dormimos antes de caer sobre la cama.
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